Estaba en la chalaca Plaza Miguel Grau del primer puerto peruano. Caminó y llegó a un muro y se apoyó sobre él, como quien miraba al mar. Su mirada estaba fija en el horizonte, pero su mente era una fábrica de pensamientos, reflexiones y hasta lamentos. Ahora él era el protagonista de una historia real. Sólo escuchaba el ruido de las aguas al golpear las piedras de la playa. Un frío y húmedo viento acariciaba su curtido rostro de cuarentón, mientras él seguía mirando aquel horizonte, donde muchas veces intentó alcanzarlo con “La “Cibeles”, el viejo yate de su padre, pero nunca lo había logrado.
Estuvo una hora o tal vez cinco. En esas circunstancias no interesaba el tiempo, porque no se podía registrar. Era lo mismo un día o una semana, después de todo, no había casi nada por hacer. Esa llamada telefónica que recibió lo perturbó y lo dejó casi sin aliento. Lo que más le incomodaba era que antes había estado en situaciones adversas y siempre había salido airoso. Pero esta vez, la situación era diferente.
Estaba tan perturbado que todo le molestaba. Hasta su consciencia le incriminaba y lo sentenciaba con: “Todo lo que se siembra se cosecha”. ¿Acaso su problema no tenía solución? Tenía una fama de “conquistador”, virtud o defecto que lo habían metido en muchos problemas.
Estaba tan ensimismado que no se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor.
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Marcelo, ¿por qué estás aquí?
Bruscamente
reconoció esa voz que lo hizo volver a su realidad. Sorprendido sólo atinó a
repetir la misma pregunta: ¡Gaby! ¿Qué haces aquí?
Recordó cómo empezó todo. Fue en el vuelo 519, cuando viajó del Callao a Madrid. Ella estaba sentada al lado de un sacerdote con quien conversaba en voz baja. En ese vuelo, él no durmió. La miraba de reojo y con mayor interés, cuando se paró dos veces para ir al servicio. Luego ambos se miraron y ella le sonrió. Eso fue hace como cinco meses.
Llegaron a ser buenos amigos. Al principio, la visitaba de vez en cuando, luego con mayor frecuencia. Siempre había una consulta por hacer o un problema por resolver. Ella era docente en arte religioso y algo en común había entre las letras y las artes en el mundo de las humanidades.
Ambos aprendieron que hombres y mujeres son personas comunes y corrientes, que no importa el lugar dónde estén o lo que hagan, siempre serán personas con necesidades y con sentimientos por compartir. Ambos vencieron a sus miedos, superaron sus prejuicios y decidieron ser más que amigos. Llegó el tiempo de la despedida, y aparte de las lágrimas y tristezas, dejaron recuerdos que siempre los tendrán toda la vida, y por qué no, revivirlos si se encuentran de nuevo. Como alguien dijo: “Recordar en volver a vivir”.
Toda esa experiencia llevó a Marcelo a replantear sus pensamientos y sentimientos. Lo que ocurrió en el viejo mundo lo había cambiado por completo, pero la llamada telefónica lo trastornó más.
Probablemente en algún lugar de Madrid, ella estaría pidiendo perdón por un delito que no cometió, pero que lo sintió hasta convencerse que la felicidad también tiene otras facetas aún por explorar. Descubrió el mundo y conoció al hombre que le hizo hasta dudar de sus convicciones.
Esa noche, mirando al mar, Marcelo recordó a Sor Claudia, aquella mujer que conoció en el avión, que ya tenía seis semanas de embarazo.
Relato escrito en Lima, en julio de 2001.
© César Sánchez Martínez.
© “Relatos marginales”. 2025

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