Pero ese día, era muy especial. Cuando Burnette se sentó en el sofá de cuatro cuerpos, mejor dicho, cuando se tiró sobre el mueble, dijo con una sonrisa de niño pícaro con juguete nuevo, aunque él tenía más de treinta años:
-
¡Lovell, hoy ha sido un día
magnífico! Dios me mostró el lugar.
Ella asombrada, corrió hacia él y contestó:
-
¿Verdad, cariño? ¿Cómo así, cuéntame?
Se sentó a su costado, dobló las rodillas y
levantó los pies, acomodándose en el sofá. Estaba expectante por escuchar el
relato.
Lovell sabía que su esposo, cuando hablaba de
esa manera y con esa seguridad, era porque realmente algo había sucedido. Ellos
estaban orando desde casi cuatro años por el Perú, y desde algunos meses por un
lugar específico para iniciar la obra misionera. Tenían un llamado especial
para abrir una iglesia en el país. Para eso habían llegado a la nación incaica
dejando amigos y familia en los Estados Unidos, pero no era una aventura,
sabían que Dios los estaba guiando para hacer algo grande y que ellos serían los
instrumentos que el Absoluto utilizaría. Inicialmente pensaron en el norte
peruano, pero después de algunas señales, optaron por el puerto del Callao.
A él, le gustaba llamarse Burnette, pero
firmaba como “C. Burnette”. No le gustaba mucho su primer nombre Clarencio. Era
un hombre alto y delgado. Tenía cabello lacio, pero rebelde también. Usaba un
gel de marca “Gomina” que era un fijador para el cabello “trinchudo”, como se
le llamaba en esos años a quienes tenían cabello parado, difícil de hacer una
raya para tirarse el pelo al costado. Aunque Burnette era de raza aria, se
ponía colorado como un tomate cuando pronunciaba mal una palabra en español y
la gente se reía de ello. Pero ese día estaba feliz. Era un martes de abril, en
plena estación de otoño y con cielo gris en las tardes. El clima era caprichoso
como las mujeres, según versión de mí tío Eduardo. Él siempre decía después de
discutir con tía Perla que “todas las mujeres eran caprichosas”, y luego se
ganaba más líos por esas palabras.
Tía Perla que estaba asistiendo a la Misión
Bíblica Bautista “El Bosque” del Rímac, ya sabía que el misionero C. Burnette
Taylor y su esposa Lovell, habían encontrado un lugar en el puerto chalaco para
iniciar la obra misionera, justo a dos cuadras de donde había vivido tío
Eduardo, su esposo, hijo de un inmigrante italiano de apellido Tarazona. Ellos
vivían en el número 40 del Parque Guardia Chalaca, frente al Colegio “Canadá”,
llamado después Colegio Politécnico del Callao.
Los misioneros C. Burnette Taylor y Rudy
Johnson eran muy amigos, el primero iniciaba la obra misionera bautista
independiente desde mediados de 1958, pero Johnson ya había empezado una obra
similar en el Rímac. Rudy Johnson y su esposa Lorraine fueron los instrumentos que
Dios usó para formar la Misión Bíblica Bautista, el Seminario (antes instituto)
Bíblico Bautista de Chillón y la Iglesia Bíblica Bautista “El Bosque” del
Rímac, madre de muchas congregaciones en diversas partes de Lima, como
Villacampa, Chosica, La Pascana, San Miguel, Comas, Ingeniería, Pueblo Libre,
esta última congregación se trasladó a Independencia (ahora Iglesia Bautista
Central de Tahuantinsuyo).
Tía Perla no toleraba las injusticias, pero la
sacaban de sus casillas cuando veía algo que no era justo. Ella con sus hijos
fue la primera familia que se hizo miembro de la Iglesia Bíblica Bautista “El Bosque”,
congregación que se formó en 1960, cuando funcionaba en la Calle 5 y luego en
la Calle 14, para finalmente trasladarse a la avenida Amancaes 701, en el Rímac.
No toleraba las cosas incorrectas en su alrededor, peor si alguien se metía con
sus hijos, que eran cuatro, es decir mis primos.
Gloria, la mayor, era una señorita muy educada,
locuaz y vivaracha. Había estudiado en el entonces Instituto Bíblico Bautista
de Chillon, ubicado en la antigua carretera Panamericana Norte, en el distrito
de Puente Piedra, al costado del río Chillón. A ese río limeño de 126
kilómetros de largo, que nace en la Cordillera de la Viuda (Laguna de Chonta) y
desemboca en el Océano Pacífico, le llamaban así por el fuerte ruido que sus
aguas hacen en las noches.
Al segundo de sus hijos le decían, cariñosamente,
“Papitín”, aunque mi madre le llamaba “Patico”. Luego seguía mi prima Elsa; y
la última, la dulce Lisette, cuya voz de soprano entusiasmó a muchos. Tía perla
y su familia vivía en el tercer piso de un edificio moderno en esos años,
frente a un parque, que ahora tiene como monumento a un viejo avión oxidado de
la Fuerza Aérea Peruana, allá en La Florida, el tradicional barrio rímense.
Tendría yo unos cinco años y aún recuerdo a tía Perla, cuando visitaba a mi
madre, conversando con los vecinos del callejón de cuatro caños y una ducha,
allá en Pueblo Libre donde vivíamos. Ella fue la primera persona que me habló
de la fe cristiana en mi niñez, allá por 1963. Los hijos de Burnette llegaron a
ser amigos de mis primos.
Cuando Dios le confirmó a Burnette que el
Callao era el lugar ideal para empezar la obra, dejó de lado sus ideas del
norte peruano.
Pero Lovell insistía.
-
Pero cuéntame cariño. ¿Qué pasó?
Ese
día, Burnette había llegado a casa cansado, pero muy emocionado.
~~~~~~~~~~
Aquel
martes, el gringo había caminado como cinco horas, como también lo hacía todos
los días desde hace varios meses, pero caminar al mediodía a plena luz del sol
y luego con el cambio brusco del clima, la situación era diferente. Siempre
llevaba una botella de agua en su morral, pero él tomaba “Inca Kola”, bien
helada, aquella soda amarilla transparente llamada la “bebida de sabor
nacional”, la preferida de casi todos los peruanos desde 1935 y que la compraba
a sólo un sol en cualquier bodega que encontraba en su camino.
Al
gringo le gustaba ese refresco, a pesar que en su país, se producía Coca Cola,
la soda más consumida en el mundo. En el Perú simplemente era conocida como
bebida gaseosa nada más, aunque competía con Pepsi Cola por ser una soda de
color negra. Entre las dos bebidas negras, a mí me gustaba más la Pepsi Cola,
por ese sabor a medicamentos que tenía. La Coca Cola nunca me gustó. Ah, pero
prefería la Inca Kola porque combinaba con cualquier comida, especialmente con
los pescados y mariscos.
Las
sodas de esos tiempos eran Inca Kola, Pepsi Cola, Coca Cola, Twist, Canadá Dry
y Pasteurina que eran las únicas que se vendían en aquellos años, en Lima y
Callao. También estaba la Kola Inglesa, conocida como la “chaposa
más sabrosa” por su color rojo y la Indo Quina, que luego abrevió su nombre a
IQ. Todas venían en botellas de vidrio. Se comercializaban en tres tamaños:
Familiar, grande y chica. Obviamente, la “familiar” que contenía dos tercios de
litro era la de mayor capacidad. No existían personales ni de litro o
“gordita”, menos de tres litros.
Cuando
ingresó la Coca Cola al Perú en 1937, mediante la embotelladora de Leopoldo
Barton, ésta marca foránea quiso liderar el consumo de gaseosas en el mercado
local, pero le salió el tiro por la culata. Jamás superó a la “bebida de sabor
nacional” que estaba bien posicionada mediante la embotelladora de Joseph
Robinson Lindley, la organización empresarial que ya tenía presencia local
desde 1910. Como no pudo despojarla del primer lugar, al final tuvo que
adquirir a la empresa de Lindley para tomar el control total.
En
ciudades del interior existían otras sodas, pero eran pocas conocidas, siendo
la más visible la Kola Escocesa que desde 1961 se producía en Arequipa, la
segunda ciudad del Perú, después de la capital. Al gringo le gustaba esta
bebida y hasta traía algunas botellas al Callao cada vez que viajaba a Arequipa
por motivos del ministerio cristiano. Años después dijo que, si el puerto no
hubiera sido el lugar para iniciar la obra, habría elegido a Arequipa o
Trujillo como ciudades alternativas para empezar la obra en el país.
~~~~~~~~~~
Clarencio
Burnette Taylor era un gringo bien peruano. Comía cebiche con ají, lomo
saltado, arroz chaufa, papa a la huancaína, rocoto relleno, frejoles con
cabrito, trucha frita, olluquito con charqui, tallarines rojos y verdes, y
hasta arroz shilico. Recién aparecía en el mercado peruano, el famoso pollo a
la brasa que se comía con la mano.
Le
gustaba la chicha morada y por supuesto, la Inca Kola. De dulces ni hablar, el
suspiro limeño o mazamorra morada eran sus preferidos, pero de vez en cuando se
comía su camotillo, un dulce de camote amarillo que se vendían en las
panaderías.
Sentado
en el sofá, aún tenía en su mente, aquella imagen de la tienda que estaba
ubicada en esa esquina estratégica de los jirones Vigil y Ancash en la
provincia constitucional del Callao, el primer puerto del Perú. Ese lugar era
lo que buscaba desde meses atrás, y ahí estaba ahora la oportunidad. Tenía paz,
que, según su concepción religiosa, podría ser la respuesta de Dios para
iniciar una obra misionera. Estaba seguro que ese era el lugar, pero tenía que
confirmarse todo mediante oración y consejo de otros misioneros y el aval de
los directivos de la agencia misionera Baptist Mid Mission, organización
religiosa que buscaba tener presencia en América Latina, como ya la tenían
otras instituciones bautistas de los Estados Unidos, entre ellas la de Rudy
Johnson.
Con
su esposa Lovell y sus tres pequeños hijos, había venido al Perú sólo con un
propósito: Empezar una obra cristiana, básicamente una iglesia bautista
independiente. Aunque su congregación en los Estados Unidos lo había enviado,
era un misionero apoyado por la Baptist Mid Mission. En realidad, el objetivo
era Lima o el norte peruano, pero en ya en tierras peruanas cambió de idea, fue
el puerto chalaco Callao, el principal del país que estaba en auge y
modernizándose. Además, no había iglesias bautistas.
Con
el transcurrir de los días y el apoyo de otros misioneros y su familia, habló
con hombres y mujeres, comerciantes y trabajadores, adultos y jóvenes, siempre
con la misma finalidad que era la predicación del evangelio. Él compartía su fe
cristiana con todos aquellos que se cruzaban en su camino. Cada día oraba y le
pedía al Señor que le confirmará el lugar para tomar una decisión. Estaba
seguro que esa esquina era el punto de partida porque estaba en una zona
marginal y emergente del Callao, a sólo tres cuadras de las barracas del
terremoto de 1940 que destruyó muchos asentamientos populares en Lima y Callao.
Con el tiempo, esa zona se tugurizó y la gente la denominó “los barracones”,
porque algunas personas del mal vivir, delincuentes, prostitutas y “pirañitas”
o “pájaros fruteros”, comenzaron a morar y poblar ese lugar. Hasta la policía,
entonces la Guardia Civil la llamó “zona roja”. Obviamente que con el tiempo
todo empeoró. Los resultados de la Policía de Investigaciones del Perú,
simplemente la PIP, revelaban que muchas bandas de forajidos y traficantes de
drogas tenían sus escondites en ese lugar, que, dicho sea de paso, es una de
las zonas más peligrosas del puerto.
En
el Callao, C. Burnette vio numerosos niños que lo miraban por su forma de
hablar, por su tamaño y su forma de vestir. Donde pensaba abrir una iglesia era
una zona también emergente y marginal al mismo tiempo. Esa esquina estaba a
cuadro cuadras de la segunda calle principal, la Avenida Buenos Aires y a seis
de la Calle Lima, que después le cambiaron el nombre a Avenida Sáenz Peña.
La
Av. Buenos Aires, ahora Av. Miguel Grau, estaba llena de frondosos y viejos
robles. Era de doble vía. Justo en la esquina de Vigil y Buenos Aires había un
solar que estaba en plena avenida y colindaba con la calle trasera, el jirón
California. Perteneció al italiano Francesco Amico, un hacendado industrial de
su época, que llegó al Perú para invertir su dinero y hacer fortuna mediante
astilleros y fábricas de harina de pescado. Su hijo Alberto heredó parte de su
fortuna, y éste hizo lo propio con su hijo Norman, quien a su vez dividió sus
terrenos entre su esposa Ana María Contreras y sus hijos Hernán, Violeta y
Oswaldo. Con el tiempo en la propiedad de Oswaldo Amico Contreras, empezó a
funcionar la Iglesia Bautista “Ebenezer”, que originalmente se llamó Segunda
Iglesia Bautista del Callao, porque fue una obra iniciada por la iglesia que C.
Burnette empezó en el puerto. Un dato más sobre este asunto, con el tiempo el
bisnieto del inmigrante Francesco, llegó a ser pastor principal en la iglesia
que el gringo iniciaría en los años sesenta.
Cada
día, Dios confirmaba el lugar y la decisión que tomaría C. Burnette. La mayor
parte de sus interlocutores eran “achorados”. Es decir, personas atrevidas y
desafiantes, que por la calidad de vida que llevaban y por ser el principal
puerto peruano, tenían un estilo muy particular de vida. Los chalacos eran así.
“Chalaco” era el gentilicio popular de quienes habían nacido en el Callao,
aunque el correcto es callaoense como El Callao en el estado venezolano de
Bolívar.
En
el caso peruano, ser chalaco era sinónimo de porteño vivaracho, despierto,
alegre, movido y zalamero, que los diferenciaba de los calmados y refinados
limeños “mazamorreros”, pero de los limeños de esos años, porque Lima esta casi
poblada de gente que llegó del ande o ciudades costeras. Los auténticos limeños
viven ahora en Miami, Nueva York, Los Ángeles y Nueva Jersey, básicamente, Paterson.
También en Madrid, Buenos Aires o Santiago. Aunque alguien dijo que en la viña
del Señor hay de todo, el andahuaylino José María Arguedas, el escritor
indígena, describió muy bien esta situación con la frase de su quinto libro
“todas las sangres”.
Efectivamente,
ese martes, el misionero Taylor había descubierto en el Callao, a unos metros
de la frontera con la comarca de Bellavista, el lugar ideal para abrir una obra
misionera. Estaba feliz porque Dios había abierto una puerta. Sus oraciones
tenían respuesta y su iglesia en los Estados Unidos estaba feliz de ayudar a
iniciar una obra pionera en el Perú, la tierra de los incas y del gran imperio
incaico, una cultura muy superior a los apaches, sioux, navajos, arapajoes,
cheyenes, cheroquis, pies negros y mescaleros entre más de 500 tribus
originarias del norte hemisférico. Algunos pensaron que la evangelización de
los indios pieles rojas ahora pasaba a los nativos incas de Suramérica.
Como
misionero había llegado con la intención de abrir una obra pionera en el Perú,
inicialmente en Lima, la capital peruana. El Callao no era Lima, pero como
había crecido la urbanización y creación de diversos pueblos, especialmente por
el proceso migratorio del campo a la ciudad, la provincia chalaca se había
unido con las urbanizaciones limeñas. Todo parecía una sola jurisdicción, sólo
se distinguía por medio de unos letreros en plena pista que decían:
“Bienvenidos al Callao” o “Lima agradece su visita”. Incluso, algunos vecinos
chalacos querían pertenecer a Lima, porque el Callao cada día gozaba de la fama
de ser una jurisdicción peligrosa, precisamente cuando en esos días diarios
como El Comercio, La Prensa o La Crónica colocaban como titulares “Chalaquito
cometió asalto a mano armada”. Claro, los delincuentes más buscados eran
Chalaquito 1, Chalaquito 2, Pichuzo, Champita, Negro Panizo, Patita de Cuy,
Carquita, Chino Corneta y el Monstruo de Armendáriz, sin contar a los tantos
chalaquitos. Nadie sabía sus reales nombres, ni la policía, sólo eran conocidos
por sus apodos, porque hasta sus madres los negaban.
Yo
había nacido en 1057, un año antes que el “gringo” Taylor inicie su obra en el
puerto. Burnette había visto cómo se celebraban los carnavales con agua
perfumada, talco, serpentinas y mucha música y color, Justo fue el último
carnaval de esa naturaleza que vivió el puerto, antes que el gobierno lo
prohibiera por decreto supremo.
Estaba
de moda, la canción “Volaré” de Doménico Modugno, conocida en el mundo musical como
“Nel blu, dipinto di blu”. Se escuchaba en las radios esta canción en italiano,
compitiendo con la canción venezolana “Moliendo café” popularizada por la
cubana Xiomara Alfaro. Pero también “Saoco” era una guaracha muy popular
cantada por otra cubana, Celia Cruz con la Sonora Matancera. Ese año, Celia
Cruz había grabado éxitos musicales como “Saoco", "Crocante habanero",
"El guajirito contento" y "Ya llegó el Carnaval".
Cuando
Lovell escuchó el motivo de la alegría de Burnett, ambos se arrodillaron en su
sala de su casa alquilada en Bellavista, y agradecieron a Dios por la respuesta
a sus oraciones. Dios empezaba a hacer algo grande.
©
César Sánchez Martínez
©
"Los
pioneros del puerto".
Un
relato sobre el nacimiento de la Primera Iglesia Bautista del Callao.

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